Wednesday, October 25, 2017

Let me tell you about a man I knew (Susan Fletcher)

Let me tell you about a man I knew

Nobody knows the name of the painter that has arrived to the Monastery in Saint-Rémy,  which has become an assylum for the troubled mind.

However, soon gossip about the painter savage red hair and the story of his severed ear fills the talking of the women in the market of the village. As you soon see, the painter is not other than Vincent Van Gogh.

After the turbulent life with Gaughin, who is accused of sending Vincent to madness, he looks for refuge in the French countryside.

Jeanne Trabuc is the wife of the warden of the assylum. Although she knows that entiring the hospital is prohibited , she feels attracted by the painter, who leads her to start questioning her life, to try to understand the world from a diferent perspective.

His full-of-painted overalls, his erratic behaviour, his troubled and intense personality, change the life in the asylum, This is the time of a prolific production, being the most famour painting that he paints there  'The starry Night', which has been reproduced to the infinitum.

The power of this narrative is centred in the portray of the life of this woman, who gradually becomes more aware of her own world and the possible lives she could have had if she had taken other actions. Vincent is the the background. However, his presence is imposible to shade, his influence in Jeanne powerful and unforgettable.
Ana Ovejero

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La séptima función del Lenguaje (Laurent Binnet)


La séptima función del lenguaje

El escritor fránces Laurent Binnet toma la muerte del pensador Roland Barthes, quien fue atropellado por un auto el 25 de febrero de 1980,  luego de haber almorzado con el opositor Mitterand, como el comienzo de esta novela.

Sin embargo, el autor se pregunta si en realidad el pensador fue asesinado. El detective conservador  Jacques Bayard se une a el profesor de semiología Simon Herzog a desentrañar la verdad sobre el hecho.

La narrativa se llena de personajes de la semiología y el pensamiento estructuralista y post-estucturalista, quienes se presentan en el desarrollo de la historia. Kristeva, Levi-Strauss, Jakobson, Althuser, Lacan, Foucalt e incluso Umberto Eco son investigados, todos con motivos para obtener los documentos que Barthes llevaba la noche de su muerte.

Lo que todos buscan es 'La séptima función del lenguaje' descrita por Jakobson, la cual explica que aquel que la conozca podrá convencer a cualquier persona de  hacer cualquier cosa en cualquier circunstancia, teniendo el mundo a sus pies. 

Los investigadores se moverán en diversos ambientes, desde un sauna gay poblado de gigolos, hasta las reuniones secretas de pensadores, donde a función será puesta a prueba.

Una historia de detectives llena de giros y pensamiento inquisitivo, que llevará al lector a Paris para recorrer junto a los investigadores sus calles y sus avenidas, buscando la verdad.

Ana Ovejero

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Sunday, October 22, 2017

the anatomy lesson (Nina Siegal)


The Anatomy Lesson

A single day in 1632. This is the story behind Rembrandt's famous painting called like the title of the novel, the medical dissection done by Dr. Tulp.

The story is narrated from different perspectives by an omninscient narrator, retelling the lives of the different characters that were touched by the creation of this piece of art.

The chapters are divided into the already mentioned sections. The eyes displays Rembrandt's ideas about the assigment asked by the doctor, which arise doubts and moral issues to the painter.

The hands portrays Dr. Tulp's anticipation towards this event that could change the story of medicine, positioning him in the possibility to become a mastermind in the realm of the sciences.

The body presents the day of Aris The Kid, the petty robber that is condemn to be hanged and whose body is going to be dissected by Dr. Tulp. Although his crimes are not important enough for him being condemned, the necessity of having a body for the event make his death inevitable.

The heart displays Aris The Kid's lover Flora, who is pregnant carrying his baby although they were not married. Her house is stoned by the neighbourhood children, as the town called her a witch. She is going to try to save Aris, or at least to recover his body to give him Christian burial.

The mouth is the section that portrays the life of Fetchet, the man that is in charged of getting bodies fro the doctors of the city. He also tries to get  extravagant  animals and objects for painters such as Rembrandt, for their paintings.

The mind is the presentation of Descartes's thoughts as the doctor asked him to witness the dissection and to share his ideas with him. Descartes is trying to find where the human soul is, anxiously expecting that Dostor Tulp's work will give him some answers.

This is a novel that the reader has to build following the different lines of the plot, enjoying the complex features of the characters and the astounding display of the city of Amsterdam. This story narrates the behind-the-scenes of  the creation of a masterpiece that will be admired through the centuries.

Ana Ovejero

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Monday, October 16, 2017

José Eduardo Agualusa


"La memoria es un paisaje contemplado desde un tren en movimiento"

La memoria ocupa un lugar central en los dos títulos de este escritor de Angola. Como esta cita explica, el pasado es un confuso conjunto de imágenes que pueden ser reales o no, una simple creación de nuestra imaginación para recordarnos como mejores personas.

En "El Vendedor de Pasados", un particular narrador relata la vida de Félix, un albino que, a través de certificados de nacimientos, fotos en sepia y objetos antiguos, crea un nuevo pasado para sus clientes. Cuando uno de ellos comienza a vivir su pasado ficticio, buscando parientes y visitando lugares donde su familia vivió, la trama toma un giro inesperado. 

El amor por Ángela Lucía llena los días de Félix. Ella es una fotógrafa que ha recorrido el mundo tomando fotografías de la luz que se evidencia en el cielo, destacando los de Río de Janeiro, París y Londres. 
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En "Teoría general del Olvido", Ludovica vive aterrada del afuera, manteniéndose dentro de su casa desde su adolescencia. Cuando su hermana y su esposo desaparecen y la lucha por la independencia en Angola se vuelve sangrienta y extremadamente peligrosa, ella levanta una pared, encerrándose en su departamento. Veremos como con practicidad y sentido común, ella pasa sus días en su hogar y en la azotea, donde planta diferentes vegetales y hasta cría gallinas.

 Con el tiempo el escritor introduce una serie de personajes que están en ambos bandos de la lucha, buscando sobrevivir al caos y la violencia que depara cada día en la ciudad. Con personajes complejos llevando la narración a sus perspectivas historias, el lector debe ir conectando las diferentes situaciones que a simple vista parecen casuales para construir la historia sin pausa . En cada página hay un nuevo giro narrativo,  que sorprenderá, demostrando la capacidad de Agualusa para general esta maravillosa novela.

Agualusa ha sido nominado a diferentes premios internacionales, entre ellos, el Man Booker Internacional en el año 2016. Hay muchas más novelas suyas que aun no han sido traducidas al español. Ellas nos esperan para sorprendernos y llevarnos a Angola, a su historia y sus habitantes, narraciones inolvidables que nos dejaran sin aliento.
Ana Ovejero

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Los Pacientes del doctor García (Almudena Grandes)


Los Pacientes del doctor García
Almudena Grandes

Almudena Grandes esta dedicándose a explorar y mostrar los que ella llama 'los supervivientes' de la guerra civil española y las posguerra, durante la cual los perdedores fueron castigados por su pasado.

En esta novela, una trama para sacar a los criminales de guerra alemanes, quienes pueden vivir en España o mudarse a Sudamérica, siendo protegidos por el gobierno español es mostrada abiertamente, criminales que vivían a plena luz del día, mientras eran nombrados como los mas buscados por los gobiernos aliados.

Esta es una historia de espías, donde los protagonistas toman diferentes identidades para salvar sus vidas o infiltrase en la secreta organización que salva a los ya nombrados criminales. Puede ser leida independiente de las anteriores novelas 'Ines y la Alegría', 'El lector de Julio Verne' y 'Las tres bodas de Manolita'.

Una historia que muestra como las acciones del gobierno español eran toleradas por los gobiernos aliados, quienes estaban al tanto de la protección a los criminales de guerra, de las atrocidades vividas por los republicanos en las prisiones y la desolación de las viudas y los hijos de los hombres presos. También muestra como preferían que España fuera gobernada por una dictadura, aunque fuera ilegal, que permitir que los socialistas, cercanos ala gobierno de Moscú, tener el control.

Una novela esencial para conocer la asociación entre el gobierno alemán de Hitler y la dictadura de Franco, para conocer la vida de la derecha en las ciudades como Madrid, quienes permanecían indiferentes a la moral y los valores de la humanidad.

Ana Ovejero

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Kings of the Water (Mark Behr)


Kings of the Water
Mark Behr


The protagonist Michel returns to his hometwon in South Africa because of the death of his mother. From the beginning, his journey back through the countryside represents an opportunity to enjoy the fruitful lanscapes towards the farm of his family, beatifully displayed by the author.

Living in USA, as he meets with his past, we learn the circumstances why he fled his country. Now everything is changed. Apartheid has been finished years ago, however, the relationship between the white Afrikaneers and the black people has not improved,

His disabled father is waiting for him, their relationship never been good. Many of the black workers of the farm help him to continue his life but with the death of the mother everything becomes precaurious.

Truths about his brother Peet's death and his own departure from the country come to light when all the members of the family reunite in the farm: Benjamin, the middle son, the only who has followed the father's wishes; Karien, Michel's ex-lover, being present as an icon of teenage love; Loreto, the black girl who achieves more than what has been expected of her.

Berh portrays these complex characters under an unique light, with every flaw they have, and with the right and wrong decisions they have made, being as young as they were when Michel escaped  South Africa.

With a creative use of the language, the plot surrepticiouly unfolds in front of the readers, allowing them to build the story, putting each piece in the correct place, like a jigzaw puzzle.

An intimate novel,it explores the dilemas people face when dealing with complicated family's structures, when race is a scent nobody can be ridden of, when History introduces itself and plays with the lives of those who are just trying to beat their destiny.
Ana Ovejero

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Sunday, September 24, 2017

Mi abuela Mima (relato propio)

Mi abuela Mima


A mi abuela todos le decíamos Mima. Y todos éramos todos: los 7 hijos, los 17 nietos, los 16 bisnietos y los cientos de vecinos del pueblo. Pero su verdadero nombre era Martha Lydia Cabrera. ¡Y bien orgullosa de ser Cabrera! Cada vez que la acusábamos de tener un “maranaje”, ella se defendía diciendo –Yo no soy Marano. Soy Cabrera. ¡Y a mucha honra!

¡Que brava era mi abuela! El doctor le recomendaba que caminara, aunque sea una vuelta a la manzana. Sin embargo, ella no recorría ni el largo ni el ancho del jardín. Cuando Beatriz se lo criticó, ella dijo –Me compro una silla de ruedas-. A lo que mamá replicó –Yo no pienso empujarte-. La abuela lo resolvió rápido y le contestó -¿Para qué? Si yo me voy a comprar una silla eléctrica.

¡Que generosa era mi abuela! Cada vez que se enteraba que algún conocido del pueblo esperaba un bebé, la abuela compraba lana blanca y con un par de agujas 4, le tejía una hermosa y suave mantilla. Así, se hizo famosa entre los pequeños, también tejiéndoles chalecos rayados que hacía con lanitas que le sobraban a los que eran un poquito más grandes y ya sabían decir “Mima”.

¡Que graciosa era mi abuela! Un día el tío Víctor trajo a un muchacho francés a la casa y el pobre no entendía nada de castellano. Cuando la abuela nos lo dijo a Luján y a mí, que teníamos unos 7 años, no le creímos. Entonces la abuela, mirando para un costado y haciendo como que no pasaba nada, dijo la palabra “puto” varias veces. ¡Nosotras no podíamos ocultar nuestro asombro! Y conteniendo la risa, veíamos brillar los ojos de la abuela traviesa.

¡Que trabajadora era mi abuela! No la amedrentaba ni el crudo frío del invierno ni el terrible calor del verano, levantándose al amanecer a darle de comer a sus animales y lavar la ropa de sus 7 hijos. Tanto que, poco tiempo antes de salir para el hospital a tener a la tía Mónica, estaba arreglando un alambrado. En verano, con un único vestido, lo lavaba y colgaba al sol, yéndose a dormir la siesta y poniéndoselo nuevamente para seguir con su jornada.

¡Que valiente era mi abuela! Cuando era joven, pronto perdió a Maruchito y poniéndole el pecho a la vida, continuó criando a sus hijos sin olvidar esa bebé hermosa que iluminó sus vidas. Ya de grande, perdió al tío Dide, dolor que casi le arranca el corazón. Siempre me dijo –Yo le pedí a Dios que me ayudara. Que debía seguir por ustedes-. Así lo hizo, demostrándonos su entereza.

¡Que “peleadora” era mi abuela! Siempre nos cantaba -¡Chorra, vos tu vieja y tu papá!-, cuando le sacábamos caramelos del frasquito en su caja de tejido. Cuando le decíamos –Yo te quiero-, ella contestaba –Yo no-, riéndose pícara. También cuando el tío Raúl hacía como que le reclamaba plata, ella, decidida, decía –Sari, tráeme el monedero que yo no me ando con chiquitas-, haciendo el gestito de plata con su mano derecha. Y cuando  le hacíamos un favor, nos lo agradecía diciendo –Que Dios te lo pague, porque yo ¿quién sabe?

¡Que leal  mi abuela! Nunca se olvidó de su familia en Pehuajó y Magdala. Siempre hablaba por teléfono con su adorado Josecito y la incansable Alicia, a quienes consideraba más que sobrinos, hijos en realidad. También los visitaba cuando podía y todavía recuerdo sus encuentros en la casa de la tía Ana María cuando yo la acompañaba.

¡Que paciente era mi abuela! Siempre nos esperaba con alguno de sus manjares, como tortas fritas o duritos, en los días de lluvia. ¡Su budín de pan y las torrejas eran la gloria! Se tomaba todo su tiempo para recibirnos con sus mates calentitos, incluso cuando sus manos temblaban, sus  años acompañándola.

Mi abuela fue la persona más brava, leal, paciente, generosa, graciosa, trabajadora y valiente que conocí. Yo pensé que era inmortal, semejante era su luz, su bondad. Cuando nos recibía cantando -¡Te quiero, como no te quiso nadie, como nadie te querrá! ¡Te adoro, como se adora la vida…!-, haciéndonos sentir importantes, amados.


Fue la mejor maestra que tuve: de ella aprendí a reír, a ser amable con los demás, a cumplir la palabra que es sagrada, a estar orgullosa de mi familia. Aunque ya no esté entre nosotros, siempre será nuestra guía en los momentos de duda y desconcierto, su corazón latiendo desde el cielo, nuestro ángel protegiéndonos.

Solidarios (relato propio)

Solidarios

Desde el primer momento fueron “los rubios”. Así los conocían tanto los médicos de la ONU como los sobrevivientes del terremoto. Haití era otra vez golpeada. La naturaleza no le daba oportunidad de recuperarse a ese país sobrepoblado de pobreza y desesperanza. Como muchos, los rubios buscaban un bebé negro para adoptar. Se sentían solidarios, despertando la admiración en su círculo social.

Lo primero que los golpeó cuando salieron del aeropuerto fue el hedor a podrido. A través de la ventana del taxi vieron los cuerpos alienados al costado de la carretera. Cubiertos por lonas plásticas, eran tantos que era imposible enterrarlos a todos. Fueron directo al hotel cinco estrellas que, irónicamente, no había sufrido ningún rasguño por el temblor. El botones acarreó las pesadas valijas hasta el décimo piso. La vista era tan desagradable que mantuvieron las cortinas cerradas. El orfanato se encontraba al otro lado de la ciudad. Esta vez decidieron llevar barbijos.

Los niños se mantenían paralizados en sus camas. Los rubios caminaron a través del corredor que contenía a los pequeños alistados para ser adoptados. No eran los únicos extranjeros. Una pareja española y otra francesa, collares de perlas para las mujeres, se encontraban en la misma situación. Finalmente, se decidieron por un pequeño de unos dos años. Pidieron datos de su origen, desconociéndose si los padres estaban vivos, y posibles enfermedades que haya sufrido, su  evidente barriga llena de aire.

Durante el viaje al hotel, el niño lloró desconsolado. Le dieron unas gotitas para que se durmiera. Ya en Washington lo esperaba un cuarto decorado de azul con nubes pintadas en las paredes. También lo esperaba la nana que lo criaría.


Nunca le dirían dónde había nacido, siempre se sentiría un extraño, el invierno que nunca llega a la isla helándole los sueños. De adulto se obsesionaría con el Caribe, visitando sus playas con regularidad. Nunca sabría su cercanía con aquellos que veía jugar al futbol en la arena, sus pies moviéndose al compás de los tambores, su envidia hacia la serenidad con que aceptaban su fatídico destino

Ana Ovejero

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Saturday, September 23, 2017

Los Malenques (relato propio)

Los Malenques

Tomó el segundo brazo del río. La lancha hacia un ruido adormecedor, pero Laura debía permanecer despierta, alerta. Su pelo rubio, ahora casi blanco y su peil enrojecida por el sol, daban evidencia de sus meses en la selva amazónica.

Su despedida de la tribu Malenque no fue lo que había previsto.

-No había nada que hacer.
-Sólo el cuchillo servía.

Cuando llegó a esa remota población a principios de Septiembre de 189, los Malenques la recibieron amistosamente. Solo los viejos desconfiaban, encogidos en sus tiendas, sus plegarias al cielo para que Laura se alejara. Varios hombres los habían visitado, pero ella, siendo la primera mujer blanca que conocían, los perturbaba. Sus estudios antropológicos se centraban en las costumbres de las mujeres y los niños.

-Sus pequeños, delgados brazos rodeaban mis piernas.
-Sus sonrisas me relajaron, demasiado creo.
-Mis estudios se eclipsaron.

Cuando llegó, solo había una embarazada. Lupe parecía tener 30 años, pero solo contaba con apenas unos aproximados 14 años, una adolescente  según la cultura occidental Su parto fue complicado desde el principio, su enorme vientre estirándose tanto que parecía que la piel se iba a partir en pedazos. Esa noche tormentosa estaba llena de humedad, de tensión, de expectativa.

-Las horas pasaban.
-Su dolor aumentaba.

Su decisión de tomar el cuchillo fue impulsiva. Ahora lo ve. Tomó un lugar que no le correspondía. Cuando abrió el vientre de Lupe, su grito atravesó el aire.

-Eran gemelos.
-Eran una maldición.

Los viejos no se lo explicaron. Ni a Lupe que ya conocía el destino de sus bebés, ni a Laura que no contemplaba a la muerte como una opción. A medida que Laura se alejaba, desterrada, la violencia en los ojos de los ancianos, desterrada, escuchaba el ruido de sus cuerpos cayendo al agua, cercando su lancha.

-Los tiraron al río.
-Los oí caer.
-Los vi morir.


Ana Ovejero

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Tuesday, September 5, 2017

Mima


Mima

Mima. 
Valiente hasta el final. 
Dijo "si me muero, me muero en mi casa". 
Se lo prometimos. 
Lo respetamos. 
Ahora solo queda esperar.
Te amaremos eternamente.

Friday, September 1, 2017

Esperanzado (relato propio)



Esperanzado

El doctor se despertó atontado. Se había dormido. Había apagado la alarma con un puñetazo, y siguió durmiendo nomas.

Abrió la ducha, desvistiéndose apurado. Dejó que el agua lo despertara. Una afeitada al ras, rápida.

Subió a su auto, organizando su portafolio al mismo tiempo que encendía el motor.

Llegó a la clínica dos horas tarde. Su secretaria lo miró preocupada. Le pasó las historias clínicas y él, poniéndose su delantal blanco, atendió a su primer paciente.

Era Roberto. Desahuciado, le contó su vida por enésima vez. Su corazón estaba débil, abandonándolo. Ya había tenido dos paros cardíacos y le habían colocado marcapasos. Su patología era hereditaria, su padre y su abuelo se la habían pasado sin saber, ambos muriendo jóvenes por fallos cardíacos.


Su situación era terminal. Ya no había nada más que hacer que hablarle, calmarlo, engañarlo, dándole un día más de vida.

El doctor le había hablado de un nuevo tratamiento. Una serie de inyecciones que regulaban su arritmia eterna. Una vez a la semana Roberto se presentaba, religiosamente.

El doctor fue detrás del biombo. Como lo hacía últimamente, llenó la jeringa con agua de la canilla. Se la aplicó a Roberto, quién aguantó el pinchazo, esperanzado.

Ana Ovejero

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Aniquilación (relato propio)



Aniquilación

La arena volaba como si perteneciera al aire, y sus ojos lloraban por la aspereza del viento.

Su cuerpo esta totalmente cubierto en tela. El sol, en el centro del cielo, hirviendo la atmósfera, haciendo imposible salir de las tiendas durante el día. Solo de noche sus pasos se acercaban al pozo de agua, los perros sus compañeros, alrededor, mientras llenaban los bidones descoloridos.

A lo lejos se divisaban las ruinas de lo que había sido la ciudad. Cada vez que las visitaban, las memorias de música y los colores de los carteles luminosos poblaban su mente. Sus hijos solo conocían el nuevo mundo desértico, sus ojos adaptados a seguir las estrellas, la única luz que toleraban. Los peligrosos eran los pocos árboles que quedaban en pie, ya secos, cayendo inesperadamente, aplastando a cualquier desprevenido que se les hubiera acercado demasiado, buscando alguna hoja, reseca, moribunda.

Ya quedaban pocos humanos, la aniquilación de la raza atropellando el tiempo. El mundo por fin se vengaba de las guerras nucleares que devastaron la vida. Era tiempo que los humanos desaparecieran, borrándose definitivamente de la historia, volviéndose mitos, leyendas. La evidencia de su existencia convirtiéndose en polvo escapando entre los dedos, sus huellas simples marcas en la arena seca.

Ana Ovejero

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Los viejos (relato propio)



Los viejos

Era imposible que no lo olvidara. Se la pasaba tarareando por los rincones, como si desde que el silencio comenzó ella sintiera la obligación de llenar los espacios. Siempre se lo recordábamos, estaba prohibido. Cuando los niveles de problemas de audición subieron, alarmantes, la música fue vedada junto con todo aquel dispositivo que la reprodujera, especialmente los auriculares gigantes con que la gente se pasaba el día enfrascada en su propia mente. Eso fue lo que dijeron, que era una cuestión de bienestar social. Ya hacía tiempo que la población se comunicaba solo a través de gestos o con simples imágenes para evitar desconectarse, alejar los auriculares de las orejas y comunicarse con los otros. La lengua oral había perdido cientos de palabras y los adjetivos habían pasado a ser elementos arcaicos en el habla de los muy viejos. La abuela era una de ellos.

En el comienzo todo fue confusión. Bandas armadas aliadas al gobierno se dedicaban a atacar a todo aquel que desobedeciera la orden, organizando grandes fogatas para destruir todo archivo existente. En menos de dos meses el silencio había bajado como una nube densa y descolorida. Todo era susurros y el canto de los pájaros volvía a tener un protagonismo envidiable. Los jóvenes permanecieron mudos y fueron, en una excepción en la historia de la humanidad, los viejos quienes comenzaron la revolución. Eran los que sabían cantar, una acción que había desaparecido cuando la música perdió la palabra y solo eran sonidos desconectados producidos por máquinas. Fueron los abuelos los que retomaron eso de cantar canciones de cuna antes de ir a dormir, o tararear alguna copla mientras amasaban galletitas para los nietos.

En cada casa, los ancianos ocuparon nuevamente el lugar central y dirigieron toda su energía en contrarrestar ese silencio abrumador que parecía un titan helado dispuesto a congelar el tiempo.Todas las voces todas, todas las manos todas, toda la sangre puede ser canción en el viento; susurraba la abuela, hamacándose en su sillón mientras tejía mantillas para los que estaban por llegar, a un presente incierto pero, sin dudas, a un futuro expectante, listo para ser creado o destruido; canta conmigo canta, hermano americano, libera tu esperanza, con un grito en la voz.

Con el paso del tiempo, las palabras se llenaron de sentido y ganaron fuerza, el hambre por relatar lo vivido fue creciendo, llegando a los jóvenes quiénes, apasionadamente, tomaron las canciones y salieron a las calles. Extendiéndose sin fin, reuniones espontáneas intensificaron la idea de comunidad, voces unidas entonando esperanza.

Como toda prohibición,  la incesante necesidad del gobierno de fraccionarla, desmenuzarla y convertir la música en polvo, que se colaba por cada resquicio, intentando cubrir todas las superficies, buscando  opacar todas las luces. Sin embargo, siempre se encontraba con la tenacidad de los abuelos, dispuestos con sus plumeros y escobas,  batallantes heraldos de la palabra y la canción.

Ana Ovejero

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Thursday, August 31, 2017

La Dominicana (relato propio)


La Dominicana


Su ventana, un rectángulo de borde descascarado, era todo lo que se veía desde la calle y, sin embargo, bastó para alimentar a las vecinas.
Tomasa narra cómo la vio bajar del auto de Ricardo, su marido argentino 20 años mayor, sólo un pie diminuto color caramelo, las uñas un escarlata furioso, todo color y movimiento.
Silvia dice una noche ver sombras recortadas danzando sobre la pared de la casa lindante, perfiles rozándose, las notas de una bachata melosa alcanzándola desde la ventana a 6 metros del suelo.
Mirta recuerda que sus cortinas eran siempre floridas, incluso con ciertos animales exóticos (cacatúas e iguanas), reemplazadas cada semana, una rutina diaria inaudita para un pueblo en el que lo seguro era sinónimo de existencia.
El canto de sus zorzales traspasaba dichas cortinas, recuerda Susana, haciendo que los vecinos que pasaban debajo caminaran dando pequeños pasos, un-dos-tres, al ritmo de su compás.
Los geranios rojos eran sus preferidos, cuenta Amalia, sobrepoblando el diminuto macetero sobre el margen de la ventana, enmarcándola, un bosquejo de pintor buscando la perfección en el blanco de la nada.
El acetato del esmalte hacia fruncir narices todos los jueves, narra Lucía, y el run-run del secador de pelo (el primero en el pueblo) sobresaltó a varios, creyéndolo un ruido venido a desatar revoluciones.
Nydia cuenta que su voz se transformaba en canto melancólico, afinado, rítmico, arrastrándose afanosamente hacia su isla, las caracolas llamándola con su mar interior, dulce y apacible, un canto de sirenas atrayéndola al hogar.
Paloma jura ver una tarde un brazo esbelto alargándose hacia la calle como desasiéndose, las yemas de sus dedos apenas acariciando una libertad que se aleja, retrocediendo, escapándose a un escondite inubicable entre las sombras de la selva.
Soledad habla de lágrimas que, junto a la lluvia, se arrastran sobre los márgenes del rectángulo hacia el suelo y, de allí, a las raíces de cosas que aún se sienten vivas, que florecen y perfuman el aire, embriagando los sentidos, aquietando el espíritu.
Beatriz jura que fue ella quién recogió las jaulas vacías desechadas a través de la ventana, los pájaros, desorientados,surcando un cielo hostil, ajeno, su canto silenciado en un lamento, un ruego, un pedido de rescate.
Noemí habla de empujones, de vajilla arrojada por la ventana, trozos, ahora mosaicos que adornan su mesa de jardín, objeto lleno de inquietud y desesperanza rodeado de un verde desapasionado,  mudo.
Belén habla de susurros aquietados por las nubes, incapaces de flanquear las cortinas, pero latentes, encapsulados, descascarando aún más el contorno de su ventana.
Sin embargo, todas estuvieron de acuerdo sobre el ambiente siniestro de esa tarde plomiza de invierno. El polvo sobrevolaba cada rincón del pueblo, como buscando incluso llegar dónde el tiempo se esconde de aquellos a los que ya hace tiempo el mismísimo tiempo se les acabó.
Nadie fue testigo de la camilla que la trasladaba, irrevocablemente; la bolsa plástica cubriéndola por completo, el aire caribeño expulsado ya por el viento del sur, frío, ensordecedor, haciendo de la primavera un deseo hambriento y del verano, un sueño casi inalcanzable.


Ana Ovejero

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Tuesday, August 29, 2017

Tu propia aventura (relato propio)


Tu propia aventura

Las velas tardaron en prenderse bajo la luz de la luna. El viento norte azotaba las tiendas y los manteles flotaban al ras del suelo. La velada se veía perfecta a la distancia, cada detalle en su lugar creando una composición sublime. Una cena digna de Versailles en el centro de la sabana africana, los sonidos de la noche creando una atmósfera de seducción y magia, Hemingway dando rienda suelta a sus dotes de conquistador, ella dejándose embriagar, elegantemente.

Me habían contratado para eso, para crear momentos inolvidables, y dado el éxito de las aventuras taurinas y la adrenalina en San Fermín, Hemingway me tomó como su creador exclusivo, él fanático de sucesos que lo llevaran al extremo, deseoso de vivencias imborrables, únicas. La proximidad de la cornamenta de uno de los toros en Madrid casi lo arruina todo y sin embargo, mi buena estrella guió el filo al desconocido parado junto a él y así, su relato se convirtió en el éxtasis revivido por cientos de lectores alrededor del mundo. La cercanía del peligro, él diría de la muerte misma, lo llevaría a querer reflotar sensaciones perdidas en su juventud, ahora recuerdos que lo llenaban de la agonía que los años habían traído a su vida. Conmigo todo el pesar y la angustia desaparecieron, dando lugar a la lujuria, al encanto de esperar el mañana expectante ante nuevas posibilidades de reconstruir su viejo yo, puro deseo.

Resultado de imagen para ernest hemingwayMañana nos espera otro día de cacería. Ella se recluirá en la tienda, escapándole al sol y al polvo que todo lo toca. Su vestimenta (un equipo de cazador completo, botas de montar y gorro de safari incluido) ya lo espera junto a su cama. Él y su escopeta estarán listos antes del amanecer, así como la cámara fotográfica que tomará instantáneas de su plenitud masculina, de su deseo de devorarse la vida a cada paso. Su imagen con las cabezas de antílopes llegaron a las primeras planas de varios diarios que rastrean su peregrinar por África. Sin embargo, el premio mayor, el león que tanto anhela, llegará mañana. Los guías locales ya me procuraron un macho de melena ampulosa que mantenemos cercado durante la noche con el fin de tenerlo accesible a primera hora del día, momento en que su gloria y la luz se combinan para crear la imagen perfecta.

Cuando obtenga la fotografía con el rey de la selva, su ardor por África se esfumará y una nueva pasión absorberá cada centímetro de su ser. creí escucharlo hablar de Cuba. Esta vez será la pesca y habrá que proveerlo de una rica variedad de peces que juntos igualen su apetito de conquista insaciable. Una cabaña será su hogar, deseoso de vivir como un paisano, la lujuria dará paso a la humildad, a la escasez, a lo mínimo, lo indispensable. Abrazará las ideas de la isla y su vestimenta lo reflejará, así como su embarcación, un bote con la pintura descascarada, un par de agujeros y un fondo casi traslúcido. Ella desaparecerá, no la necesitará como testigo de su valentía. La soledad abarcará cada uno de sus días y el sonido de las olas será el perfecto compañero en las horas de espera, taciturno y alejado de los flashes, la cámara en una valija embarcada a Nueva York.

Ya amanece y la pared izquierda de la tienda enmarca su silueta, sus pasos, ecos en la tierra seca. Hoy es el día. La fotografía con el león llevará varias tomas hasta conseguir la adecuada y así, mi tarea en África terminará. Pronto volaremos a otro sitio y mis habilidades serán puestas a prueba nuevamente. "Momentos inolvidables", eso es lo que creo, una realidad nueva, donde el cobarde se vuelve valiente y el desesperado conquistador, donde los sueños se materializan y las atmósferas se recrean, construyendo escenarios idílicos, sublimes; la perfección.
Ana Ovejero

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Sunday, August 27, 2017

La mina (relato propio)


La mina

Los hombres creyeron que aquellos aspavientos no eran más que frivolidades de mujer. La mina traería progreso, eso decían los gringos, palabra que a varios en el pueblo les torcía la lengua como cuando llamaban a Don Gregorio, a quienes muchos simplemente conocían como Don Goyo para esquivar tanta erre junta. 
Fue un martes cuando finalmente trajeron la topadora.  El rumor sobre la mina había sobrevolado el pueblo entero durante todo el verano, introduciéndose en cada rincón posible con tal de mantenerse en la mente de los habitantes por lo menos un par de horas. Cuando por fin llegaron los primeros rubios al pueblo, la noticia ya se palpaba contra las paredes de la montaña, como si su sola presencia abriera el túnel hacia las entrañas de la oscuridad. Las mujeres tomaron tanto amarillo como un mal augurio. Los llegados no tenían el color de la tierra en su piel, ni el olor a selva en su sudor. Eran solo extraños que buscaban hundirse en la roca, alejándose del mar, continuo y leal compañero del pueblo. Los hombres festejaron, liberándose de sus redes, abandonando las barcazas por la paga diaria y el horario recortado. No más amaneceres ni pies helados por las olas inquietas. Ahora lo suyo sería los cascos con linternas, las poleas y los carros llenos de tierra. 
Pero primero fue la tala de los árboles que no permitían el ingreso de la maquinaria. Ejemplares milenarios fueron perdidos, hechos leña para un invierno que nunca llega al pueblo, algo que los gringos no escucharon. Las mujeres los lloraron, entendiendo que eso que los rubios llamaban progreso se estaba volviendo realidad, una realidad que tumbaba, cortaba, desmembraba, destruía.
Aquella noche no salieron a trabajar al mar. Los hombres fueron divididos en subgrupos, parados sobre la planicie ahora pelada, los animales retrocediendo hacia los confines de la selva donde el ruido del metal y cadena no los alcanzara. Los hombres ya no volvían húmedos, cubiertos de escamas, sus pies aletas. Ahora la tierra  pintaba sus cuerpos, sus uñas quebradas contra las piedras, hormigas escapando de la luz. El calor infernal poblaba sus días y sus noches estaban plagadas de pesadillas tortuosas en donde rieles invisibles los trasportaban de vuelta al interior de la mina, túneles sin fin, asfixiantes, las paredes llenas de huesos.
La selva los había abandonado, recluyéndose hacia el interior, preservándose a sí misma. También lo hicieron las mujeres, retrocediendo junto a ella, llevando a sus crías a lugares seguros donde el aire olía a fruta y el vaivén del mar conciliaba los sueños. Los hombres se acostumbraron a su ausencia, así como al retraso en los pagos y a los horarios extendidos.   Muchos pasaban días enteros dentro de la mina y se hablaba de varios que ya la habitaban de manera permanente. La mina se comió sus vidas, cubriendo sus ideas de alquitrán.
 En el centro de la selva, las mujeres lo supieron de repente, como si un grito desangelado traspasara cada uno de los corazones en ese claro iluminado por la luna. Corrieron seguidas por sus crías, como empujadas por un eco venido de la tierra misma. El silencio lo cubría todo, ni las luciérnagas se acercaban temerosas de la parca y su sedienta cacería nocturna. La entrada a la mina ya no existía, la montaña había recuperado su forma, como si el progreso del que hablaban los gringos nunca hubiera puesto sus pies en el pueblo.
El dolor desfiguró los rostros de aquellas que se aproximaban, horrorizadas, de rodillas frente a la columna de tierra, golpeando el suelo, los niños sacudiéndolas preguntando '¿qué pasa?', sus lágrimas volviéndose barro, arroyo, río, corriendo hacia el mar, volviendo al origen del que nunca debieron haberse alejado. Algunos marineros que oyeron el llanto a la distancia perdieron el rumbo, y se supo de uno que se hizo amarrar al palo mayor, recordando antiguas fábulas de sirenas. Las nuevas historias, las que hablan de progreso, futuro y privatización fagocitan al hombre, arrastrándolo a la humillación y el abismo, a desintegrarse  hasta desaparecer, y exhalar su último aliento en la oscuridad absoluta.
Ana Ovejero

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Thursday, August 24, 2017

Esa Hojita (relato propio)


Esa Hojita

Lo miraba dudar y estrujaba el repasador, ansiosa. Tantos años juntos y no se terminaba de acostumbrar a ese miedo palpitante en sus ojos, el papel blanco desafiante, el té que le había preparado enfriándose, apesadumbrado. No importaban sus gestos cariñosos, ni sus palabras de aliento.  Todo su afecto chocaba contra ese cuadrado blanco, amurallando a Ernesto, su esposo, aprisionándolo junto a su lápiz, el sacapuntas y la goma, eternos compañeros de celda.

Cada mañana Ernesto recomenzaba el ritual. Cada día agregaba un movimiento nuevo, un objeto singular, un sonido distinto, que lo sacara de ese mutismo absoluto que le venía cuando las palabras le evadían la pluma. Ella, Marta, también tenía su ritual. Un par de Padrenuestro y algunos Ave María a la imagen en el jardín, preparar el té de manzanilla sin romper el hervor,  caminar en pantuflas para no hacer ruidos innecesarios. Tantos preparativos con un único fin: lograr que Ernesto apoye el lápiz sobre el papel y comience a brillar.

Una lámina acuosa cubría los ojos de Marta ante cada día que pasaba y él no lograba nada, no producía letras, ni dibujos, ni siquiera garabatos. Y de este tormento ya había pasado un mes en que ambos se encontraban en extremos opuestos de la casa: él, en el living comedor, tomando posesión de cada centímetro de la mesa; ella, en la cocina, revolviendo potajes que lo llevaran a él a escribir nuevamente. Un suspiro distante era todo lo que uno escuchaba del otro. Marta no comprendía cómo algo tan insignificante podía paralizar a un hombre tan adulto como su esposo y, sin embargo, intuía que había algo más escondido en el silencio de Ernesto.

Hoy es jueves y Marta se despierta sobresaltada. Ernesto está silbando, señal de que por fin la tinta corre divertida sobre el papel. Incluso en algunas partes baila. Ella lo sabe. Ernesto sólo silba tangos cuando el lápiz hace piruetas sobre la superficie blanca, ahora cubierta de manchas, un dálmata trotando sobre el césped.

Marta puede relajarse al fin. Los rituales no son para ella. Sólo se inclinará frente a la imagen mientras Ernesto escriba. Sin embargo, ella sabe que lo suyo es un hambre, una condena. Pronto volverán al inicio, al encadenamiento a la silla y a las cábalas, a los silencios infinitos, cuando él tenga que enfrentarse a una hoja en blanco nuevamente.


Ana Ovejero

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Tuesday, August 22, 2017

Sin luz (relato propio)


Sin luz

La tormenta arreciaba y el abuelo, subido a la enclenque escalera, intentaba desagotar la canaleta. Así lo veíamos con mi hermana, un acróbata de circo empapado, su sudor y las gotas entremezclándose, nublándole la vista.

'Vengan chicas. Dejen. Cada loco con su tema.' dijo la abuela entre suspiros. 

Los gritos del abuelo se escuchaban desde la cocina, 'Llové nomás, llové.  ¿ Qué te pensas? ¿Qué me vas a ganar?

'Alcanzame el farol. Sí, así, despacito. Ponelo ene el centro de la mesa. Vení Marga, sentante al lado de Juanita.'

La abuela nos inició en los juegos de cartas. Ya habíamos terminado con todas las ventanas de la casa, ahora llenas de caritas sonrientes hechas de vapor y aburrimiento.

'La más valiosa es el siete de oro. Hay que hacer tríos del mismo número, por ejemplo tres cincos, o del mismo palo, por ejemplo el siete, el ocho y el nueve de basto.

La abuela mezclaba el mazo con una habilidad de experto, su niñez sin electricidad saliendo a relucir por cada poro de su piel.

'Seguí nomás, seguí. No te des por vencido, ni aún vencido, no te sientas esclavo, ni aún esclavo, trémulo de pavor, piénsate bravo y arremete feroz, ya mal herido'gritaba el abuelo al viento. La abuela revoleaba los ojos y nosotras nos reíamos bajito.

'Lo mejor es armar chinchón. Todos los números seguiditos.'

La abuela daba las cartas y nosotras no sabíamos que hacer con tantas. ¿ Cómo hacía para tenerlas todas en una mano, como el abanico de una coqueta dama antigua? Cada vez que la abuela cortaba, yo contaba con los dedos todos los puntos que se me iban acumulando.  ! Y eso que lo primero que hacía are sacarme de encima el rey!


'Ten el tesón del clavo enmohecido que ya viejo y ruin, vuelve a ser clavo, no la cobarde intrepidez del pavo que amaina su plumaje al primer ruido.'

La luz del farol alargaba las sombras al infinito y, cuando Juani quiso ir al baño, le pidió a la abuela que la acompañara. Ella puso una vela en la boca de una botella verde de vidrio y, con su bastón, esperó junto a la puerta como un soldado, aunque la abuela estuviera ya encorvadita. '!Qué chiquita está mamá!' decía mi mamá y, sin embargo, yo la veía como un gigante, siempre con pañuelito al cuello.

'Procede como Dios que nunca llora, o como Lucifer, que nunca reza, o como robledal cuya grandeza necesita del agua y no la implora...'

La abuela contaba que conoció al abuelo en un baile. Su mamá tenía una mirada de acero y el abuelo fue el único valiente que se animó a acercarse y preguntar si la abuela podía bailar con él. Ella dice que la abatató con frases elegantes, su perfume abordándola, sus ojos celestes avasallantes.

'Que muerda y vocifere vengadora, ya rodando en el polvo, tu cabeza!'

La abuela ganó tres manos, Juani dos y yo una, aunque tengo la sospecha de que nos dejó ganar, de lo buena que es, nomás.

Para cuando el abuelo terminó, ya no llovía más y solo se oía el croar de los sapos saliendo se sus casa inundadas. 'Tomá papá, tomá.'le dijo la abuela, alcanzándole un mate calentito.

Y mientras se cambiaba, el abuelo recitaba, ' dime, ramo verde, dónde vas a dar, porque si te pierdes, yo te iré a buscar,'sus ojos celestes sonriéndoles a la abuela, pícaros.

Ana Ovejero

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Monday, August 21, 2017

El Pozo (relato propio)


El pozo

La puerta de la tienda se estremecía con el viento, llenando el ambiente de polvo y calor. Sus ojos tardaron en habituarse a la luz y la realidad de saberse en un campo de refugiados asaltó su conciencia. Los días se imitaban unos a otros y las horas parecían paralizadas, no había mañana ni tarde, solo el comienzo y el fin de todo.

Tomó aire y se decidió a salir finalmente. Sus huesos ya atestiguaban la falta de comida y el largo trayecto hasta el pozo comunitario consumía las pocas fuerzas que aún se mantenían dentro de él. Sus labios partidos no emitían sonido desde hacía mucho, tanto que no recordaba su última palabra antes de este mutismo obligado.

Decidió buscar agua. Las tiendas formaban una ciudadela amorfa, con calles que mutaban en callejones sin salida, esquinas ariscas, incapaces de mantenerse estables, desconfiadas de su propia suerte. Tomó el primer sendero a la derecha y al pasar la quinta tienda, el olor a sopa aguada le inundó los sentidos. Continuó un poco más y tomó el callejón a la izquierda, topándose de imprevisto con una camioneta de la Cruz Roja cortándole el paso. Retrocedió hasta el último cruce y dobló a la izquierda nuevamente, ubicando a los pocos metros la tienda pintada de negro, amarillo y verde, su dueño, un desahuciado más, cuidando de un pequeño fuego, sentado en la entrada. Avanzando trabajosamente, pronto se toparía con la carpa verde militar dónde una mujer y su pequeña prole gastaban los minutos canturreando canciones de su patria, abandonada a las corridas cuando la sangre y los machetes golpeaban sus puertas. Sin embargo, avanzó y avanzó sin ubicarla.

Desorientado, vio acercarse a un grupo de muchachos a los que solían acusarlos de desvalijar las tiendas de los muertos, vendiendo lo poco o mucho que estos dejaran, incluso lo que llevaran puesto. Retrocedió temeroso y tomó el primer sendero que apareció, avanzando en dirección este según le indicaba el sol. Grande fue su sorpresa cuando volvió a encontrarse en frente de su tienda, como si su camino al pozo nunca hubiera comenzado.

Volvió sus pasos pero esta vez doblé antes de la tienda pintada y se movió sentido norte, dónde sabía que encontraría el pozo. Mas cuando tomó el segundo sendero, se volvió a topar con la tienda pintada, ya su dueño adentro, refugiándose de la crueldad del sol. Impacientándose, dobló a la derecha buscando la carpa verde militar, que esta vez encontró, pero sin la presencia de la mujer y sus hijos, quienes tal vez podrían haberlo guiado al pozo. Tomó el siguiente sendero, exhausto, sediento, sintiendo las gotas de sudor corriendo sobre su cuerpo.

Cuando finalmente creyó encontrar el camino directo al pozo, reconoció los alrededores pero no había huella de él. En su lugar, un puesto sanitario y, junto a él, una fila de infrahumanos esperando el antibiótico necesario para sobrevivir un día más.
Ana Ovejero

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Wednesday, February 8, 2017

Oryx and Crake


Margaret Atwood explains that this book is not an example of sci-fiction. This is what she calls "speculative fiction": stories that can happen in the near future. Atwood says that many of these experiments in the bio department are taking place right now. Creepy right?

At the beginning of the story we find Jimmy-TheSnowman who thinks he is the only one who survives a plague that anihilate all humankind. He is mourning for Crake, who used to be his best friend, and for Oryx, Crake's girlfriend who he also had a relationship with. He lives by the sea and near him live "The Children of Crake", green-eyed genetic-engineeried new species which is to replace humans. They have anti-insect and sunblock incorporated in their bodies, and they copulate seasonly, some parts of their bodies turn blue so males know when females are in heat.

With the images of this apocaliptic world, we get Jimmy's memories of his boyhood alongside Crake and their lives in the compounds controlled by the Corporations. Jimmy decides to move into the desolate city to find some answers, being careful because of the pigoons. They are pigs but with human-like brains that after the chaos following the plague, get loose from the labs and roam the countryside. As consequence, they are able to ambush their victims, using one of the little ones as a decoy and the grown ups attacking from the other side. The times before the plague were full of genetic manipulation experiments, beings the Crakers the ultimate project.

Atwood shows the possible ending of humankind, and that its end is not the conclusive chapter of life on earth. We are just another animal, beings who destroy themselves looking for new ways to become gods.

Ana Ovejero

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